Resuelvo, luego existo.

Mis viajes a la Ciudad de México, son siempre un agasajo. Tengo ahí muchos de mis quereres: mi hija, mi nieto, mi yerno y la mayor parte de mi familia. Esta vez, en cuanto llegué, empecé a ver en qué entretenerme y tenía dos cosas importantes que hacer: cambiar el coche de María y buscar un departamento para darme una idea de cómo andaba el mercado inmobiliaria durante la pandemia.

El coche que traía María ya tenía sus años, chocado alguna vez y con muchos detallitos, ya era tiempo de cambiarlo. En cuanto comencé mi búsqueda me empezaron a bombardear con publicidad por correo, mensajes de Whatsapp, Facebook e Instagram. Finalmente le tomé la llamada a un vendedor muy insistente que era de una concesionaria que queda lejísimos de Santa Fe, que era donde yo me ubicaba; me dijo que eso no sería problema ya que él podía ir hasta mi casa y llevarme el coche, que además tenía uno como el que María quería —otro Prius—y que con tan buena suerte era el coche demo con un descuento de 20,000 pesos, gris plata, exactamente el que queríamos, pero teníamos otro problema, porque yo les quería dar mi coche a cambio y necesitaríamos que lo valuaran y eso representaba trasladarme hasta la concesionaria, (esa, lejísimos), pero el vendedor ofreció que el día que me llevara el coche nuevo, ese día se haría acompañar de un mecánico que lo valuaría, me haría una oferta y si nos arreglábamos ellos mismos irían por él, me lo adjudicaban a la cuenta del coche nuevo y que en resumen NO TENÍA QUE SALIR DE MI CASA PARA VENDER MI COCHE Y COMPRAR UNO NUEVO. A mi me parecía un poco irreal pero esas cosas suelen pasarme a mi.

Así lo hicimos y justo cuando la agencia (por medio de este vendedor) ya había ido por mi coche viejo, ya tenía en su poder la diferencia del coche nuevo y yo no tenía NADA, me puse a pensar si esto no sería una estafa de la que estaba siendo víctima; yo nunca había ido a la agencia, solo hablaba con su vendedor. Una noche antes del día que habíamos pactado para la entrega, no pude dormir pues me puse, ahora si, a investigarlo y su correo electrónico ni siquiera era institucional, sino uno de Gmail; me había estado dando mil pretextos por lo que no me podían entregar el coche nuevo, como que no salían las placas, como que la factura del coche anterior no había salido y ellos no la tenían en su poder y cosas así. Recuerdo el dolor de cabeza que traía por esa presión, no podía estar tranquila, no me concentraba, no sonreía, me sentía muy ansiosa. Finalmente, llevaron el coche a casa de mi hija, con la factura y todo. Una gran lección a mi edad y juré nunca más meterme en algo tan bueno para ser verdad.

El departamento fue una historia similar. En el momento en el que dije a Sofía la frase mágica: “fíjate que tu papá me encargó que fuera viendo un departamento para darnos una idea de en cuánto andan”, ella, al mismo tiempo estaba activando las búsquedas en su celular de departamentoventasantafe y el primero que salió fue uno que parecía estar en el mismo edificio en donde está el de ella. Se puso a buscar una cita, la consiguió y confirmó que así era, estaba en el mismo edificio, dos pisos abajo y estaba en venta desde ya hacía mucho tiempo. Creo que esa misma tarde lo fuimos a ver y supimos por medio de la corredora que nos lo mostró, que éramos los primeros prospectos que pedíamos ir a verlo y que estaba en venta desde hacía 8 meses. Tenía treinta años de construido, no le habían dado mantenimiento, lucía descuidado, pero desde que entramos sentí que ese departamento sería nuestro; saliendo de ahí, hice la cita para ver otro en Santa Fe y otro más en Interlomas. El de mejor precio, fue el primero, el más nuevo fue el segundo y el más bonito fue el de Interlomas.

Ya teníamos un par de años pensando que, al no ser personas que tuviéramos el hábito del ahorro, una solución sería juntar para un enganche de un bien inmueble y esa cantidad que no ahorramos, la pagáramos a un crédito hipotecario.

Una vez que ya teníamos los tres departamentos vistos y analizados, nos decidimos por hacer una oferta al primero, pues por otro lado, la ubicación era inmejorable (al menos para nosotros, no se para mi hija, ja, ja, ja). Hicimos la oferta y nos la aceptaron, pero nos latió que podíamos hacer otra más abajo, la corredora la pasó a los dueños y …nos la volvieron a aceptar. Ya nada más era cosa de ver si nos daban un crédito y last but not least: juntar para el enganche, casi nada.

Contratamos los servicios de un bróker que lo primero que hizo fue hacernos un estimado de cuánto tendríamos que pagar mensualmente si dábamos tal porcentaje de enganche y eso, en cada uno de los mejores tres productos financieros que había en ese momento en el mercado. Resulta que el enganche que teníamos que dar era exactamente lo que me dio American Express por la indemnización del cáncer. Lo que había que hacer era juntar un montón de documentos y enviarlos por correo electrónico ya que por el tema de la pandemia, nada era presencial; el caso es que, TODO fue por medio del whatsapp y corrimos con la suerte de que en ese momento – julio o agosto de 2020– salió un producto de Banorte, nunca antes visto, con una tasa preferencial del 7.5, empezando a pagar en enero del veintiuno y…parafraseando a los clásicos, nos caía “como anillo al dedo”. Pues siguiendo con la racha, nos lo otorgaron y ahora sí, solo había que pagar lo del avalúo.

A principios de septiembre todo quedó listo y pactamos el día once como el día de la firma. No quiero parecer repetitiva, pero un día antes de que fuéramos a firmar las escrituras, no dormí, no sonreí, me costaba concentrarme y traía mucha angustia, esta vez porque me dio por pensar que el bróker no iba a llegar a la notaría, que todo había sido una estafa para bajarme lo del avalúo, que qué tal que ahí en la notaría estuviéramos todos los involucrados en la operación: vendedor, corredora, notario y nosotros los compradores y que no llegara el bróker, que finalmente, no lo conocía en persona, todo lo había pactado por medio del whatsapp y además le había depositado lo del avalúo en efectivo, en la ventanilla del banco a una cuenta ‘x’ que él me dio. Pfffff. Llegamos a la notaría a la hora pactada, ya estaba ahí el vendedor, las corredoras y por supuesto el personal de la notaría; ¿el bróker? No había llegado. De verdad no me quería preocupar pero era inevitable, traía la boca seca y ganas de llorar; le marqué a su celular y no me contestó, le volví a marcar y me contestó muy quitado de la pena –Ya estoy afuera de la notaría, Gaby—Me volvió el alma al cuerpo, todo transcurrió perfectamente: firmamos las escrituras, le dieron el dinero al vendedor y la comisión a las corredoras.

De ahí nos fuimos a comer Polo, Sofía y yo para festejar y ahí ya lo pude sacar de mi pecho: “A mi me está pasando algo, yo no soy así. Ya les puedo contar la angustia que me está acompañando desde la compra del coche, no se diga ahora en la compra del departamento; siento ganas de llorar sin razón aparente, tengo los nervios de punta, tenía la sensación de que esas cosas tan buenas no me podrían estar pasando a mi, que era demasiado bueno para ser verdad y ser para mi”.

Al día siguiente de mi revelación, parada frente de una ventana de la recámara de mi nieto, de repente vi un letrero en mi mente que decía ESTRÉS POSTRAUMÁTICO. Así nomás. Al principio no reparé en ello, pero pasaron algunas horas y volvía a mi mente esa imagen y como es natural en esta época, lo googleé: “El trastorno de estrés postraumático (TEPT) es una afección de salud mental que algunas personas desarrollan tras experimentar o ver algún evento traumático. Este episodio puede poner en peligro la vida, como la guerra, un desastre natural, un accidente automovilístico o una enfermedad catastrófica”. Decía que es más común en mujeres que en hombres, que se supera con ayuda terapéutica y una serie de consejos más. —De aquí soy—pensé.

Comencé a tomar terapia, terapia y más terapia. Uno de los primeros diagnósticos fue que al haber recibido la noticia de mi cáncer, quise minimizar las cosas para no mortificar a mi familia, para no irme yo en esa vorágine de pensamientos negativos o de derrota y que como aprendí desde muy niña: primero resuelvo, luego existo. Entonces, el resultado de no haberle dado a las cosas su justa dimensión, me llevó a ese estado. Mi cuerpo le estaba buscando una salida —supongo que como siempre— pero ahora fue más visible o yo estaba más receptiva y lo noté en muy poco tiempo, ya que esas cosas no son fáciles de notar, reconocer o detectar y es importante poner manos a la obra para salir adelante. Afortunadamente es algo que se supera con relativa facilidad, con la ayuda adecuada de expertos y empecé un viaje que me llevó paso a paso a conectar con mis sentimientos y emociones. Una "tareilla" que traía pendiente desde hace medio siglo.





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