El club de los inmortales

“La gente puede morir de un momento a otro, es un fenómeno natural. Bebamos café porque en el otro mundo no se puede”.

Emmanuel Kant.


Como les conté en la primer entrada de mi blog, la muerte es un tema que me ha apasionado desde que conocí el budismo hace más de veinte años y ahora he reflexionado mucho más en ella. Lo principal y medular es que todos nos vamos a morir pero no sabemos cuándo esto va a ocurrir, es un hecho y nos vendría bien estar preparados al menos en lo simple. ¿Cómo nos preparamos? Saldando deudas, pidiendo perdón, haciendo el testamento y creo que, como buena controladora que he sido, no dejarles a alguien más las tareas que puedas hacer tú mismo, por ejemplo al decidir para quién serán tus pertenencias una vez que ya no estés: “cuando muera, quiero que esta pulserita sea para fulanita”, son cosas que usualmente no pones en un testamento pero que tú quieres dirigir, ¿no? ¿O solo soy yo?

En este punto tengo un referente de carne y hueso: Lila, la abuela de mi gran amiga Bea. Era una mujer muy sabia, práctica y feliz; viajaba ligero. Ella decía que no había que heredar problemas y, tanto su funeral como el panteón y ropa que usaría para esos efectos los organizó cuando tenía toda la energía para hacerlo; todas sus posesiones materialespersonales, estaban “etiquetadas” y atrás de cada mueble u objeto de su casa tenía una nota con el nombre de a quién pertenecería una vez que ella faltara. Además tenía dos cartas en su ropero ­—todos sabían dónde estaban—una decía: “Por si me enfermo” y la otra: “Cuando me muera”, con las instrucciones precisas de lo que ella quería que pasara cuando llegara el momento.

Imagínense el énfasis que le di a esta tarea a partir de mi diagnóstico de cáncer, de hecho, me entretiene mucho todavía y creo que es una tarea que habría que afinar cada día y no darla por terminada. Como no soy una privilegiada que pertenezca a algún club de inmortales, digamos que se que solo hay algo seguro: me voy a morir aunque no sepa cuándo.

Algunas cosas ya están en orden en mi vida, otras cosas las estoy regalando mentalmente y, como las cosas de Lila, tendrán una etiqueta desde ahora para cuando llegue el momento. Lo más importante, es la urgencia que tengo de decirles a las personas que amo, lo importante que han sido en mi vida, que ésta es mucho mejor desde que las conocí, lo mucho que las quiero y que si existe vida después de la muerte, espero que coincidamos en esa también, ya que estoy segura que las seguiré adorando.

Cuando tienes eventos fuertes en la vida, como verte en una situación cercana a la muerte, es importante buscar el para qué de las cosas. Desde muy al inicio de esta aventura, intuí que todo sería para algo mejor—no me pregunten por qué— y quisiera hacer el recuento de todas las bendiciones que obtuve en estos doce meses.

Les pongo el contexto de ese 23 de abril de 2020: Mi vida era muy buena, mi familia estaba unida, acababa de nacer mi bello y sanísimo nieto y sí que me faltaban cosas para ser mucho más feliz pero yo no estaba inconforme con mi situación, o dicho de otra manera, estaba en una consciente zona de confort. Con ese evento, mi mundo se sacudió considerablemente, y algunos de los aspectos de mi vida sí que se movieron 180 grados. Aquí puedo enumerar lo que, hasta ahorita, he detectado como fruto de ese salto cuántico que dio mi vida en el 2020.


1. Curso acelerado de cómo reaccionar con confianza ante la adversidad.

2. Tuve la oportunidad de convivir con toda mi familia nuclear por mes y medio.

3. Me quitaron 5.5 kilos de pura grasa. Lo mejor fue que me lo pagó el seguro.

4. La enfermedad me tomó por sorpresa pero afortunadamente contaba con el mejor seguro de gastos médicos mayores al que yo podía acceder, por lo que no tuve que escatimar ni en qué doctor me habría de operar, ni en qué hospital lo iba a hacer.

5. Hasta el día de hoy y solo por hoy, no he necesitado ni una aspirina para tratar mi enfermedad, solamente se utilizó la operación.

6. American Express, me pagó un par de seguros comprados con anterioridad y al menos uno de ellos me permitió dar el enganche de un departamento en Cdmx y el otro pagar el deducible de mi seguro de gastos médicos mayores.

7. Mi calidad de vida al tener menos metros de intestino y solamente un riñón es mucho mejor de lo que era antes.

8. El solo tener un riñón me ha obligado a mejorar mis hábitos y estar más alerta pues ahora es EL RIÑÓN.

9. Me vi obligada a tomar terapia y a no dejar para después varios temas que traía pendientes.

10. Ahora sí, tengo la certeza de que las cosas siempre pasan por algo bueno, pase lo que pase, sea lo que sea.

11. Confío más en el proceso.

12. Soy más generosa conmigo misma.

13. Pude gozar muy de cerca el primer año de Federico, mi nieto, cosa que no hubiera ocurrido en circunstancias normales.

14. Si antes valoraba y agradecía tener a mi esposo, a mis hijas y en general la familia, los amigos y todo lo que tengo, ahora se que soy muy afortunada por tener la vida que siempre deseé.


Si bien estas son las cosas que —por el momento— se asoman, se que si reviso esta lista el año que entra, saldrán más bendiciones y más cosas qué agradecer que ahora mismo no puedo ver.

No es necesario tener un susto como el mío para hacer ajustes en la vida. Esta es una invitación para reflexionar en este punto: ¿Necesitas terapia? ¿Quieres hablar de algún tema que te inquieta? ¿Cómo quisieras que dispusieran de tus cosas personales además de tu patrimonio cuando ya no estés? Quizás mi confusión natural al tratar de comprender la vida hizo la grieta más grande al ver de cerca la muerte; ustedes disculpen que los meta en estas profundidades, pero, créanme… ¡urge!


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