¿Cómo me enteré que lo que tenía no era covid sino cáncer?

Siempre he dicho: “Todo es una oportunidad” también cosas como “no hay mal que por bien no venga” y creo que así me he venido echando porras a lo largo de la vida.

Cuando empezó la pandemia, me refiero al punto en que logró confinarnos en marzo de 2020, me pareció que no todo sería malo, que todo nos pasaría para algo bueno y al parecer por el tamaño de lo que se veía venir, pues, que alguna lección muy buena quedaría de esto. Nosotros en casa nos preparamos con oxímetros, termómetros, paracetamoles y teniendo a la mano el número telefónico de los médicos que nos pudieran sacar de un apuro o de una duda o darnos más luz de qué hacer en caso de contagiarnos de covid. Con eso y con mucha observación y tiempo para estar interiorizando más que otras veces fue que descubrí que tenía cáncer.


Recuerdo que como rutina, todas las noches, le pasaba el oxímetro y el termómetro a mi esposo para medir su oxigenación y temperatura y cuando el termómetro y oxímetro venían de regreso, yo me tomaba esos signos también. Muy al principio empecé a notar que yo traía un poquito más temperatura que él. Digamos si él tenía 36.5, yo tenía 37.5. Nada grave y esto podría ser porque estaba muy cobijada o quizás un bochorno o nada; yo por una temperatura así jamás haría un pancho, pero me llamó la atención que a lo largo de una semana, diez días, esa era la constante; además de las noticias que empezaban a llegar de amigos que habían regresado del extranjero, y se habían contagiado, pues empecé a sospechar…un poco de temperatura, leve dolor de cuerpo: tengo covid.


Fue alrededor del 10 de abril que le llamé a mi doctora y amiga Liliana Arjona y le conté lo que me pasaba. Me dijo: “No quisiera que salieras de tu casa en estos momentos pero ven a mi consultorio a que te revise”. Les cuento que yo era muy mala para acudir a las citas médicas o a hacerme estudios de rutina, peeeeero como esta revisión médica venía acompañada de una salida de la casa pues en esta ocasión sí estuve muy apuntada a hacerlo. Fui a su consultorio y me dijo: “Tus pulmones se escuchan muy bien, no veo nada en la garganta ni a otro nivel, pero como quiera tenemos que tratarte esto, así que toma algo para la temperatura y un desinflamatorio;” así lo hice por tres días y la temperatura y dolor de cuerpo cedieron, pero, un par de días después volví a sentirme malancona. Le mandé un mensaje a la doctora: “Lili, después de tomar lo que me diste me sentí muy bien pero lo dejé de tomar y las molestias volvieron”. Ella me dijo que me hiciera unos análisis en algún laboratorio, que nuevamente había que salir de casa, (cosa que me motivó) y pues ahí voy. Le mandé los resultados una vez estuvieron listos y me dice: “Ah, ya estas tosiendo ahora sí, ¿verdad?” “No, Lili, solo traigo un poco de temperatura y dolor de cuerpo”. “Bueno, es que tus estudios solo arrojan que traes algo inflamado, pensé que ya traerías algún otro síntoma, pero ¿qué puedes traer inflamado?, puede ser desde algún golpe leve que te diste”. “No Lili, como no sea la panza, no traigo nada más inflamado” nos reímos las dos. “¿Ah, si? Pues ve a consultar a un gastroenterólogo”. Ya era mi tercer salida consecutiva a visitar médicos en tres días pero bueno, la salud me llamaba (realmente yo acudí tan pronto a checarme todas las veces por andar en la calle en medio de la pandemia) ya estábamos hartos de estar encerrados y solo llevábamos 15 o 20 días, jajajaja.


Fui a consultar con el doctor Luis Antonio Rodríguez, gastroenterólogo de mi ciudad y fue muy completa su valoración y me hizo las preguntas de rutina acerca de mi historia familiar y de mi historia clínica a lo que yo contesté, como siempre, hasta con fantochería: “Doctor, soy insoportablemente sana, difícilmente me enfermo y difícilmente me duele algo” (eso no es cierto, si bien fui muy sana y rara vez me enfermo de algo, si que tengo mis detallitos, pero me gusta decirlo así pues tengo una creencia de que al hablarme bonito y con frases contundentes mi cuerpo se la va a creer; así he funcionado siempre).


El doctor Rodríguez me auscultó y notó que efectivamente tenía muy distendido el estómago o mejor dicho, que tenía una panzota. No me dolía, no me producía nada, ni se producía después de ningún evento en particular, solo le referí que tenía de notármela como año y medio y en los últimos dos meses de manera más importante. Yo, la verdad, tenía la seguridad de que estaba perdiendo el tiempo con el doctor Rodríguez pues, ¿qué iba a pasar?, me iba a decir que posiblemente era el estrés de la pandemia, digo, ya sabíamos que no era covid. Pero el doctor Rodríguez, supongo que con poco qué hacer, (en ese tiempo nadie iba a los consultorios y muchos doctores dejaron de consultar) pensó que era indicado mandarme a hacer una tomografía con contraste en el área abdominal.


Yo de verdad pensé que ya había llevado muy lejos una simple temperaturilla y que lo del tac era una exageración. Pues ¿qué creen? Al día siguiente estaba haciéndome el famoso tac y otros estudios de laboratorio que me pidió el doctor Rodríguez, como quiera era otra salida al mundo exterior. Recuerdo que era 23 de abril, pues un día antes habíamos festejado el cumpleaños 21 de mi pequeña María. Ahora ya lo digo, pero muy en el fondo, a lo mejor de manera auto centrada, no me quise hacer la tomografía para no aguadarle el cumpleaños a mi hija e hice la cita para el 23 de abril en la mañana.

Fui al gabinete de radiología en ayunas e íbamos a aprovechar al hacerme el tac para que el laboratorio acudiera a tomarme las muestras de sangre para los estudios. Para no hacer el cuento muy largo en este capítulo, me bajó la presión y me desmayé ahí mismo en la camilla donde te meten al estudio. Escuché palabras como “coagulo”, “hemorragia” y…como les digo una cosa les digo la otra, lo que tengo de echada pa’ lante, lo tengo de gallina cuando de ser una buena paciente se requiere.

Después de avisar, (cinco segundos antes de que me inyectaran el método de contraste) a pregunta expresa de: “¿Es usted alérgica a algo?” Y yo contestar, “si, joven: a la penicilina y al yodo”. Tuvieron que suspender la modalidad de hacer el tac con contraste pues, justo ese contenía yodo. Estaba en muy buenas manos, pues el doctor Octaviano Martínez, compadre, amigo de la casa y asiduo a nuestras reuniones sabatinas, sería quien me haría el estudio. Salí y cuando me estaba abrochando los zapatos entró él y muy campechano me hizo un par de preguntas y luego que si urgía la interpretación y le dije que no urgía “ah, bueno; es que no se si te la tenga hoy o hasta mañana”. “Sin problema, Doc”. Salí de ahí y me fui enfrente a hacer los estudios de laboratorio y saliendo le marqué a Polo, mi esposo. “Ya salí”. Luego le relaté todo lo bochornoso que había sido mi desempeño como paciente en el gabinete de radiología y me preguntó: “Bueno, ¿y qué te dijo el Doc?” “Nada, no me dijo nada. Me dijo que si no urgía me entregaría la interpretación hasta el día siguiente”. “Ok”, me contestó él. Después supe que a él no le latió que el doc no me dijera algo como “no te preocupes, no se ve nada malo”, que eso no era una buena señal, pero yo, de verdad, no levanté las antenas.


Lo que pasó en las siguientes horas me lo contó mi esposo muchas semanas después de esa fecha. Efectivamente, él recibió un mensaje de whatsapp del doc diciéndole que tenía que hablar con él, y en lo que coincidieron por los horarios de trabajo de ambos dieron como las 5 de la tarde. El doc le dijo en esa llamada telefónica que yo debía ver a un especialista y al doctor Rodríguez, pero que lo que él había visto no le había gustado, que al parecer y bajo su experiencia, estaban ante algo muy grande e invasivo, que ya estaban varios órganos cubiertos por una masa muy grande y que no lo podía asegurar pero creía que se trataba de un tumor alojado en la región retroperitoneal y se conformaba de grasa llamado liposarcoma.


Cuando Polo llegó a la casa, después de tomar esa llamada en la calle y de marcarle a Sofía, nuestra hija, que se encontraba en Zacualpan, Morelos, resistiendo la pandemia con su familia política y contarle lo que le acababa de decir el doc, lo vi entrar, viendo hacia el piso, caminando lento hacia mi, parecía apenado o como si hubiera visto una escena terrible; inmediatamente pensé en sus papás, que estaban enfermos y al cuidado de sus tres turnos de enfermeras. Por la cara que tenía, pensé que lo siguiente que escucharía sería algo terrible, catastrófico y definitivo; me asusté pero no pensé que tuviera que ver conmigo. Se acercó y le pregunté que qué tenia, que qué le pasaba y me dijo con una voz entrecortada: “Hablé con el doc; estás mal. En el estudio encontraron algo muy grande que ya está envolviendo tu riñón y más órganos”.


Lo que hablamos en los siguientes minutos no lo recuerdo bien, es muy confuso en mi mente pero sí recuerdo cómo me sentía: no era yo, pensaba que eso no me podía estar pasando a mi; posiblemente era un sueño y pronto despertaría, pero de esos sueños en donde quieres controlar las cosas y no puedes…se detuvo el tiempo. Calculo que fueron unos diez minutos de muchísima confusión y sentimientos de derrota; de sentir que uno de mis pilares en la vida (la salud de la que tanto alardeaba) se derrumbaba y en pocas palabras, ya había valido madres mi vida justo cuando iniciaba una gran etapa, con las hijas ya grandes, con los nietos y con tantas cosas en mi vida qué agradecer y disfrutar. Algunas veces había tenido esa sensación como de orfandad, como de estar en un sueño cayendo en el abismo. Pero las preguntas ahora eran: ¿Cómo reaccionaré ante mi familia?, ¿qué cara voy a poner?, ¿qué voy a decir?, ¿cómo les voy a quedar mal? Muchas preguntas empezaron a rondarme y sentada en mi cama, junto a mi marido (que estaba peor que yo), me empecé a aclarar y a pensar en cómo saldría de esta. Aquí es pertinente contarles que soy una resolvedora de problemas nata, que soy una pensadora fuera de la caja muy competente y que lo que hice a partir de ese momento fue lo que siempre había hecho durante los pasados 54 años:

  1. Utilizar todos mis recursos (pocos o regulares o muchos).

  2. Tomar al toro por los cuernos.

  3. Tratar de no desestabilizar la armonía familiar.

  4. Y lo más importante, recordarme que detrás de cualquier situación por más mala que se vea, siempre hay algo bueno que no podemos ver en ese momento.


Ahora que cumplo casi 6 meses en psicoterapia, les puedo decir que lo que hice fue activar mi subconsciente, echar mano de mis herramientas, hurgar en la experiencia pasada propia de cómo lo he hecho en otras ocasiones.


Pensé: a quién conozco que sea una autoridad en la materia, hablando de la salud, del estómago (hasta ese momento yo pensaba que podía tener un tumor en el estómago) y recordé al doctor Roberto Rumbaut, que me había hecho una manga gástrica cuatro años atrás: él es médico, está en Monterrey, desde luego le tengo que contar para poder pensar mejor. Le mandé un mensaje de whatsapp y me marcó inmediatamente, les recuerdo que los médicos estaban casi todos en sus casas con los consultorios cerrados, eso fue una gran ventaja para mí. Él me dijo: “De eso no te vas a morir, ¿eh? Si es lo que los médicos creen que es, es operable y tantán. Me pidió el teléfono del doc, que por cierto se conocían desde antes por su profesión y se pusieron en contacto y entre los dos determinaron que lo que debía de hacer era ver al doctor Eduardo Guzmán Huerta, cirujano oncólogo, que consulta y opera en el hospital Zambrano Hellion de Monterrey.


Recuerdo que ese 23 de abril, era jueves, el doctor Rumbaut me preguntó que cuándo podría ir a Monterrey a que me valorara el doctor Guzmán; “de inmediato, doc; mañana mismo, si es posible” Y así fue, al día siguiente, viernes 24 de abril a la 1 de la tarde ya estábamos sentados frente al doctor Guzmán.



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